Corazón puro

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de agosto de 2021

“Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».” (Mc 7, 21-23).

Jesús está discutiendo con fariseos y escribas, intérpretes oficiales de la ley de Dios. Les echa en cara su hipocresía: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres.” (Mc 7, 8). Y siguen las palabras que abren esta columna. Jesús sorprende llevando la discusión a ese terreno: qué es lo que hace realmente impuro al ser humano; es decir, la actitud de fondo que lo abre a la comunión con Dios. En el evangelio de Mateo, el mismo Jesús lo dice con una bienaventuranza: “Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.” (Mt 5, 8).

No es un mandamiento: algo que tenemos que cumplir y en lo que se juega nuestra fidelidad a Dios. Es más bien la revelación de una realidad que hay en nosotros, que tenemos que descubrir y dejar libre curso: la riqueza del corazón humano, del que brotan las decisiones y acciones más significativas de la vida.

Es verdad: aquí Jesús pone el acento en los vicios que pueden contaminar la conducta. De ahí su recomendación a estar atentos a nuestro mundo interior; hoy diríamos: nuestra conciencia, espacio de claridad y rectitud para el bien. El riesgo de vivir para la apariencia se conjura, para Jesús, con una rica vida interior: cuidando la autenticidad de nuestra conciencia. Hacia allí se dirige la mirada de Dios. Ese es el campo privilegiado de la acción sanante y transformadora de su Espíritu.

Ya el orante de la Biblia lo había percibido y, por eso, lo ha convertido en una oración insuperable por su calidad espiritual: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.” (Salmo 50, 12).

Nosotros podemos orar así: “Señor Jesús: vos, como nadie, conocés el corazón humano, mi corazón. Me confío a esta honda sabiduría humana que traés desde el corazón mismo de tu Padre. Tu Espíritu sondea nuestros corazones. Solo el Espíritu sabe lo que es conforme a la voluntad del Padre. Que sea Él el que renueve nuestros corazones. Que tu Espíritu quebrante nuestra dureza, nos dé un corazón nuevo y nos permita saborear la bienaventuranza de los limpios de corazón y, de esa manera, nos lleve a la comunión con la Trinidad. Amén.”