“En mi aflicción invoqué al Señor, y Él me respondió” (Salmo 119, 1)

Oración diocesana en pandemia – Homilía del obispo – 9 de julio de 2021 – catedral de San Francisco

Contemplemos la escena evangélica.

Hay pocos testigos oculares: además del Señor, los padres de la niña, Pedro, Santiago y Juan.

Ubiquémonos entre ellos. Vayamos en puntas de pie, sin hacernos notar. Permanezcamos en silencio y, sobre todo, contemplemos con la rumia que alienta el Espíritu.

Más que en un espacio físico, tratemos de entrar, ante todo, en el dolor de esos papás. Imaginemos las noches de incertidumbre al ver el progreso devastador de la enfermedad, en su angustia al adivinar el desenlace, pero también en la súbita esperanza al sentir oír que Jesús pasa.

Busquemos entonces conectar desde dentro con el mundo inconmensurable del dolor humano. A ese lugar nos lleva siempre el Evangelio. Solo desde allí podemos estar en sintonía con él. Ahí nos espera Dios, porque hasta allí ha llegado Él mismo.

Miremos ahora a Jesús, sigamos sus ojos, sus manos que se abren para aferrar a la niña y, sobre todo, su corazón humano de Hijo amado del Padre.

Escuchemos su palabra poderosa que viene de lo profundo de la Trinidad, pasa por ese corazón y termina en sus labios: “¡Niña, yo te lo ordeno: levántate!” (Mc 5, 41).

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Queridos hermanos:

En esta hora de silencio, recuerdo y oración, permítanme que, desde el corazón de nuestra fe cristiana, les haga llegar esta palabra de cercanía, de vida y esperanza. Nace del corazón y a él se dirige, como todas las palabras que inspira la fe.

Jesús nos está tomando de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: ¡Levántate, resucita!

Lo dice a nuestra Patria que busca rumbo en medio de la desorientación de los corazones y de esa persistente voluntad de exacerbar y polarizar que, tantas veces, domina los espíritus.

De manera especial, Jesús pronuncia esa palabra sobre nuestros hermanos y hermanas difuntos; sobre sus familiares y amigos que lloran sus muertes.

También sobre los que se han puesto al hombro la vida, la salud y el futuro de todos, sirviendo a los enfermos, a las familias en riesgo, a los que sufren la zozobra del trabajo o de la empresa, a los niños y adolescentes.

Los invito a abrir el corazón que sabe escuchar esas palabras de vida, y a dejarlas entrar para que hagan su obra en nosotros.

Queridos amigos y hermanos:

¡Es Jesús, el Salvador, el que nos está hablando! ¡Es su Espíritu vivificador el que está soplando sobre nosotros!

Dios no ha causado ni quiere la pandemia. No es un castigo divino ni una prueba para calibrarnos. Es una crisis como tantas que han herido a la humanidad en la historia.

Los discípulos de Jesús, sin embargo, sabemos que ninguna situación, por oscura y difícil, resulta indiferente a los ojos del Dios que se identifica con el buen samaritano. Por el contrario, Dios es nuestro compañero de camino en todas las pruebas de la vida. Está con nosotros. Sufre y llora con nosotros. Y entra en nuestra casa para tomarnos de la mano y levantarnos, como hizo con aquella niña del relato evangélico.

Lo experimentamos en este tiempo difícil en cada recodo del camino.

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Este 9 de julio volvemos a mirar ese camino que transitamos como pueblo desde hace ya doscientos cinco años.

Argentina tiene futuro. Argentina puede levantarse porque puede potenciar sus innegables fortalezas espirituales, éticas y cívicas; como también revertir cualquier forma de decadencia.

No es apelación al pensamiento mágico. Es la certeza que se corrobora cuando logramos contemplar sin prejuicios la nobleza del corazón humano, no nos dejamos llevar por percepciones sesgadas y nos abrimos de verdad a la realidad.

Es esperanza porque cuenta con Dios, con su presencia y acción redentora.

¡Hay potencia de vida en el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios!

En Argentina hay potencia de futuro y de resurrección. Está en la pasión por el bien, la verdad y la justicia que habita el corazón de su pueblo, de las innumerables iniciativas que dinamizan el cuerpo social, de sus empresarios, de sus dirigentes, de sus jóvenes como también de sus adultos e incluso de sus niños.

¡Hay pasión por la libertad, creatividad para edificar, ingenio y garra para sortear las dificultades del camino!

Está en los dirigentes que, aun reconociendo pertenecer a sectores antagónicos, tienen la valentía y la grandeza de ánimo de buscar territorio común para recrear la amistad social y, así, cimentar futuro.

Pensar distinto sobre el rumbo del país, marcar con lealtad las diferencias y dirimirlas en la noble lucha democrática por el poder no constituyen un óbice para, desde esa diversidad, construir convivencia, respeto y reconocimiento de la subjetividad del otro, cultura del encuentro. Todo lo contrario. La inmensa mayoría de los argentinos es precisamente esa actitud la que esperamos.

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Esta noche, en este clima de oración que es encuentro con el Señor de la vida, nuestros corazones se sienten cercanos a las familias que están llorando, en cada una de las comunidades que componen nuestra diócesis, a sus seres queridos muertos por el covid-19.

Queridos amigos, queridas familias: permítannos compartir con ustedes su dolor y su llanto que son signos del amor herido por la partida del ser amado. Nosotros compartimos con ustedes la esperanza que nos sostiene. Es Jesucristo, el que murió por nosotros y resucitó para sembrar nuestra vida y nuestra historia con la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte.

De la mano de María, de sus ojos iluminados por la claridad del Hijo resucitado, recibamos esta noche, en nuestros ojos y en nuestras manos, la gracia del consuelo, de la paz y de la esperanza para seguir caminando juntos hacia la Patria de hermanos que soñamos. Amén. Así sea.