Resurrección para Argentina

Mientras celebraba la Semana Santa, de improviso, me vino al corazón esta pregunta: en este 2021, marcado por la pandemia, ¿hay resurrección para nuestra Argentina?

Comparto los pensamientos que esta pregunta puso en marcha. Obviamente, no se trata de una respuesta exhaustiva, sino abierta, porque así es la vida… y, sobre todo, así es la experiencia de la Pascua en esta historia: un paso constante de las sombras a la luz, de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida. Y volver a empezar.

La mirada tiene que estar fija en Cristo. Nuestra guía espiritual en esta aventura puede ser la inmensa María Magdalena, que mira hacia dentro de la tumba vacía, llorando, pero sobreponiéndose al dolor, para ser alcanzada por Jesús que pronuncia su nombre y desata la bendita tormenta del Evangelio (cf. Jn 20, 1-18).

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Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, los cristianos profesamos nuestra fe: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”.

La resurrección es el contenido de nuestra esperanza: confesamos que la consumación de la creación y de la historia está en las manos de Dios. Así lo expresa solemnemente el Concilio Vaticano II: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.” (GS 39).

Claro que hay resurrección para Argentina, como para todos los pueblos de la tierra. Resurrección es el futuro de la humanidad. Y ese futuro tiene el rostro trinitario de Dios. Es don suyo, acción salvadora del Dios amor que rescata, perdona y purifica. Por eso lo escribimos con mayúsculas: nuestro Futuro es la Trinidad y nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este Futuro es el contenido de nuestra esperanza. Lo esperamos, pero sabemos también que ya está actuando en la historia de los hombres. En esa tensión entre el “ya-todavía no” vivimos a fondo nuestra libertad.

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En este último sentido, también hay resurrección en Argentina. La Pascua de Jesús es la fuerza secreta que está actuando ya en cada atisbo de bien, de humanidad, de honestidad y de justicia que, día tras día, constituye la trama más profunda de nuestra vida como pueblo. Hay resurrección porque también cada día, la vida y la muerte luchan en un duelo admirable. Y la vida, mejor: el “Viviente”, vence.

En Argentina hay muchas cosas que huelen a muerte, a corrupción e injusticia. Es una verdad que parece no necesitar demasiada comprobación. Solo una advertencia: la potencia del mal, en todas sus formas, fascina y obnubila. Ante todo, a quienes se dejan ganar el corazón por la engañosa fascinación del pecado. Pero también, porque su fulgor enceguece para ver cuánto bien crece a nuestro alrededor. Genera así la amarga sensación demoníaca de que todo está perdido y no hay esperanza, solo un futuro gris.

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La esperanza cristiana en la resurrección de la carne abre los ojos y fortalece el corazón para emprender la tarea cotidiana de edificar la justicia. Solo hombres y mujeres animados desde dentro por una esperanza grande logran humanizar el mundo, especialmente en las circunstancias más adversas. Lo estamos comprobando en esta pandemia, cuyos verdaderos protagonistas (y hasta “héroes”) son hombres y mujeres comunes que abrazan el servicio al bien de todos, aún a riesgo de sus propias vidas.

Minorías intensas y altamente ideologizadas siguen bregando por sus utopías, ajenas a la realidad concreta. Nos prometen traer el cielo a la tierra. Promesa irrealizable que, las más de las veces, solo logra imponerse con formas inhumanas de autoritarismo y autocensuras, silenciamientos y miedos. Basta ver la pervivencia de la fascinación del socialismo colectivista. Hoy se entremezcla con el auge al parecer irrefrenable del individualismo que reduce la verdad a la medida del propio yo con sus reclamos y deseos.

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La pobreza que hoy castiga a una inmensa mayoría de argentinos (especialmente niños, jóvenes y ancianos) sigue siendo nuestra deuda más vergonzosa. No es la grieta, sino una consecuencia nefasta de nuestras desavenencias. O, mejor: de no saber gestionar los legítimos disensos y hasta proyectos de país que significa habitar una nación que crece en libertad y pluralismo. Nos pasa a los ciudadanos de a pie, pero resulta fatal cuando la dirigencia de un país vive ensimismada, desconectada de la realidad y entretenida en chicanas adolescentes, ante la mirada atónita del pueblo.

Cuando un peronista llama “gorila” a su adversario, a esta altura del partido y con tanta sangre vertida, está negándole subjetividad política. Lo mismo ocurre cuando, desde la otra orilla (la del irracional anti-peronismo), se descalifica como “cabeza de termo” u otras expresiones rebajantes, a quienes adhieren a proyectos populares.

¿Y por casa cómo andamos? Hoy por hoy, también en el variopinto mundo católico argentino, nos descalificamos unos a otros, rotulándonos de “conservadores” y “progresistas”. En definitiva, nos cuesta aceptar que tradición y profecía son criaturas del Espíritu. Su saludable tensión pertenece al alma católica de la Iglesia.

Hasta tanto no aprendamos, internalicemos y defendamos realmente el pluralismo en Argentina, la resurrección de nuestro país seguirá siendo un río subterráneo que puja por emerger, impedido siempre por la irracionalidad de quienes solo quieren imponerse e imponer su particular lectura de la realidad.

Pienso que los tiempos se agotan. La pandemia nos está dejando exhaustos. Necesitamos arbitrar caminos de consensos genuinos que, respetando las legítimas diversidades, logren identificar algunos acuerdos fundamentales mirando al futuro.

La fe en Dios vivida y celebrada en comunidad es una de esas realidades “esenciales” que hemos aprendido a defender en medio del aislamiento social: sin su potencial de esperanza, difícilmente se pueda acometer una empresa de largo alcance como esta.

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A la Iglesia como tal, y a quienes somos sus pastores, no nos corresponde una acción política directa, menos aún entre bambalinas. Nuestra aportación es una predicación fervorosa del Evangelio, que toque y temple el corazón y, secundando la acción del Espíritu Santo, despierte la mística del reino de Dios en las personas. Un verdadero liderazgo espiritual.

Lo cierto es que la Pascua que crece en el cuerpo de nuestro país ha de ser secundada por la acción misionera, consciente y responsable, de lo mejor que tiene la Iglesia: sus bautizados-confirmados, los que solemos llamar, a falta de un nombre mejor: laicos.

La resurrección de Argentina es una tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no. Los que profesamos la fe católica nos sentimos llamados a ello desde el corazón del Evangelio: Cristo y los pobres. Ha de tener como protagonistas a los miles de hombres y mujeres laicos que se reconocen en el Evangelio de Jesucristo.

Creo además que esta pandemia está significando un aliciente y una aceleración de una aguda toma de conciencia de esa responsabilidad intransferible de cada uno en la misión compartida. “Una patria de hermanos…”, aprendimos a cantar. Ahora, nuestro Francisco, presenta la Fraternidad como una vocación que, del corazón de la Trinidad, late en el corazón de cada ser humano. Ese proyecto divino secundamos.

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Volvamos al Credo: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”. Sí: toda resurrección, empezando por la de Cristo, es obra del Aliento divino, el Espíritu vivificante. Él está obrando entre nosotros.

Bueno. Hasta aquí estas reflexiones abiertas. Las confío a la lectura de quien se anime. Pero, sobre todo, las pongo en las manos de san José, figura admirable del Evangelio, providencialmente propuesta por nuestro papa Francisco para esta hora del mundo y, por supuesto, de nuestra amada Argentina.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco.
Miércoles 7 de abril, octava de Pascua