Se acerca la hora del amor hasta el fin

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de marzo de 2021

La pasión del Señor se acerca. La cruz comienza a proyectarse ya sobre el camino cuaresmal. ¿Qué vemos cuando contemplamos la cruz de Cristo?

Podemos ver aquí solamente la crueldad que se ensaña contra Jesús. Y es muy cierto: Jesús es, en cierto modo, una víctima más del poder del mal. La fe, sin embargo, nos abre los ojos para que veamos más en profundidad y contemplemos el misterio sorprendente del amor de Dios por el mundo. El amor que salva. Lo que los profetas comenzaron a vislumbrar, los discípulos de Jesús lo podemos afirmar sin lugar a duda: Dios es Padre, ama entrañablemente al mundo y no se escandaliza ni retrae frente al pecado.

Tenemos que decirlo con absoluta claridad: Dios no se complace en el dolor de sus hijos. Él no quiere el mal, ni lo procura, ni quiere ser aplacado con sufrimiento inocente. Dios sale al rescate de su criatura amada y de toda su creación para arrebatarle de los lazos del mal y de la muerte. Y en la cruz está, no un profeta más o un hombre religioso insigne, sino el mismo Hijo de Dios. La cruz es gloriosa porque en ella ha sido elevado el Hijo para que todos puedan acceder a la luz y a la vida.

La cruz es signo del amor de Dios que llega hasta el extremo de dar la vida por aquellos que ama, a los que quiere rescatar. Solo el amor expía el pecado del mundo. Un amor que siempre -al decir de Francisco- nos “primerea”. En el Crucificado ha hecho su aparición en el mundo este amor absoluto e incondicional de Dios. La fe es el Amén que nace cuando se cae en la cuenta, llenos de admiración y estupor, de ese amor hasta el extremo.

A ese Jesús crucificado y resucitado se dirige siempre la mirada de la Iglesia. Este fin de semana, recordando los ocho años de la elección como obispo de Roma del papa Francisco, tengámoslo presente. Francisco, fiel a su misión, nos señala ese norte permanente de la misión de la Iglesia. Nos señala a Cristo.

Mientras se acerca la Pascua -la hora del amor hasta el fin- podemos disponer nuestro espíritu para contemplar, en silencio, este misterio que salva al mundo. Podemos orar así: “Te alabamos y te bendecimos, Padre de misericordia, por habernos manifestado tu amor en Cristo, tu Hijo, y en el don de su Espíritu. Que nunca dejemos morir en nuestros corazones el estupor ante este misterio. Amén.”