Una advertencia inútil

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de febrero de 2021

“No le digas nada a nadie”, le advierte Jesús al leproso que acaba de curar (Mc 1, 44). La advertencia será inútil: este hombre, viéndose curado y redimido, no puede dejar de contar a todos lo que le ha pasado. Se lo cuenta a todo el mundo, provocando una ola de entusiasmo en torno a Jesús: de todas partes acuden a él.

Pero ¿por qué Jesús lo manda guardar silencio? ¿Acaso no ha venido para que su palabra y su obra alcancen plena difusión? ¿Qué hay detrás de esa actitud?

Por un lado, Jesús busca llevar adelante su misión con una característica muy fuerte: es el Mesías humilde que ha venido a introducir en el mundo el poder de Dios que es su amor misericordioso, especialmente atento a los pobres, los enfermos y pecadores. La humildad no es, en él, una pose ni una estrategia. Es el medio a través del cual, de la manera mejor y más genuina, ese amor de compasión se hace presente, sin abrumar ni someter, sino apelando a la libertad de cada uno.

El silencio, la humildad, el despojo son, por paradójico que parezca, las condiciones óptimas para que el poder de Dios aparezca como tal: como poder divino que cura, sana y da libertad a sus creaturas. San Pablo se lo dirá a los corintios: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” (1 Co 1, 25).

Por otra parte, quienes experimentan la salvación que trae Jesús no pueden sino convertirse en misioneros del Reino. Solo que los misioneros tendrán que aprender del Señor a tener sus mismos sentimientos y su mismo estilo para evangelizar: proponer, no imponer, mostrando a todos el Rostro misericordioso del Padre. A Dios hay que mostrarlo con la propia vida, más que demostrarlo con argumentaciones doctrinales o estratagemas de poder (incluso y especialmente del eclesiástico).

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Señor Jesús, Médico generoso y lleno de humanidad: estamos enfermos, somos leprosos, buscamos la salvación y la paz. Acarícianos con tu mano salvadora, para que recobremos humanidad. Enséñanos, sobre todo, a vivir con tus mismos sentimientos, a encarnar tu amor humilde y manso y, de esta manera, testimoniar a todos que el Reino de Dios ha llegado al mundo. Amén.