Con la lámpara encendida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de noviembre de 2020

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.” (Mt 25, 1-2). 

Seamos apocalípticos: ¡el que no ha leído el Cantar de los Cantares no entiende nada! Sin esa referencia, la Biblia será solo una colección de historias, sagas y narraciones inconexas, a lo sumo, llena de curiosidades, exageraciones y sentencias de otro tiempo. Prescindiendo de esos cantos de amor humano, Jesús y su Evangelio quedan reducidos a fría moralina, tan ilustre como prescindible. Sin el runrún del Cantar, la parábola que escuchamos este domingo (cf. Mt 25, 1-13) corre el riesgo de pasar por una historia fantástica pero intrascendente. 

Maticemos, para ser más certeros: en realidad, el que sabe de amor, de amores entiende. Eso canta el Cantar. Ese es el hilo rojo de la Biblia. Y eso es el Evangelio: la buena noticia de que estamos a la espera de un encuentro, en medio de la noche, para entrar a unas bodas que celebran (hoy, contraculturalmente) la alegría del amor. 

Somos, a la vez, invitados y comensales, pero también somos los protagonistas. En la parábola de este domingo, Jesús habla de un esposo que se hace esperar. No hay novia, sino diez muchachas con sus lámparas encendidas. Ese personaje faltante somos cada uno de nosotros. 

Y el aceite que alimenta la lámpara. Es el amor que se hace espera, escucha y decisión de vivir según esa palabra que nos ha declarado el amor. Cada uno elige: hacerse de mucho y buen aceite; o dejarse estar, esperando vaya uno a saber qué cosa. Si llevamos el símbolo del óleo hasta el final, sabemos bien que ese aceite de primerísima calidad es el Espíritu que se derrama, unge y perfuma la propia vida. Es el Espíritu del Esposo que siempre está viniendo a nosotros. 

“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cantar de los cantares 8, 7). Si querés ayudar a algún amigo a comprender el cristianismo, no lo dudés: decile que empiece leyendo el Cantar de los Cantares. Ahí está todo.